La incursión aérea se materializó tras el ultimátum lanzado por Trump a principios de noviembre, en el cual exigía al gobierno nigeriano medidas contundentes para detener la persecución y los ataques contra la comunidad cristiana en el país. Ante la falta de resultados satisfactorios, Washington optó por la intervención directa.
A través de un comunicado, el Departamento de Defensa confirmó que las maniobras se llevaron a cabo de manera conjunta con las autoridades locales. No obstante, el Pentágono ha mantenido bajo reserva los detalles operativos, omitiendo datos sobre el balance de daños, el número de bajas o la ubicación exacta de los blancos alcanzados durante la misión.
Este movimiento marca un punto de inflexión en las relaciones diplomáticas entre ambas naciones, subrayando una postura más agresiva de Washington en la lucha contra el terrorismo en el Sahel. El éxito a largo plazo de estas operaciones dependerá de la capacidad de Nigeria para consolidar el control sobre los territorios recuperados, evitando que el vacío de poder sea aprovechado nuevamente por grupos insurgentes para reorganizarse.

